La Liga
Y Rubi gastó su última vida. Tras levantar varias ‘bolas de partido’ en contra, parecía que la tortura se prolongaría un partido más, pero Canales lanzó el penalti a las nubes, quién sabe si para desgracia o alivio de Rubi, cuya crónica de su ‘muerte’ estaba escrita desde hace semanas.
El fútbol es muy caprichoso. Tanto que hace un año el técnico estaba celebrando una clasificación histórica del Espanyol en Europa. Sólo 12 meses después, Rubi ha dilapidado su crédito y el Espanyol se hunde en el abismo que le llevará a 2ª salvo milagro. El fútbol, como la vida, son decisiones, y tanto unos como otros (se puede incluir a Borja Iglesias en la ecuación), eligieron mal sus cartas en esta partida que estaban destinados a perder.
Rubi es un buen entrenador, pero en el Betis nunca ha podido dejar su sello. No ha sabido desprenderse del recuerdo de Setién ni crear una filosofía propia, cuyo resultado ha deparado un equipo sin pulso ni latido. Ahora, Alexis Trujillo toma las riendas hasta que finalice esta agonía de temporada, con el objetivo de acertar en el próximo inquilino de un banquillo que empieza a coger etiqueta de ‘tóxico’.
El Betis es un club con complejo de grande (no discuto que lo sea), cuya exigencia quema al que se sienta en un banquillo poco agradecido. La afición exige juego y resultados, en una insatisfacción permanente que acaba desembocando en un sentimiento de frustración al que el Betis lleva abocado desde hace años.
Ahora toca reconstrucción. Apostar por estrellas consagradas no asegura el éxito y los Fekir, Bartra, Canales, Borja Iglesias o Loren tienen el cartel de transferibles. Prácticamente toda la plantilla, menos Joaquín y poco más, está en el escaparate para buscar una revolución que agite la realidad de un equipo que no es capaz de contagiar a sus aficionados. No es verano para revoluciones, pero la del Betis es inaplazable si quiere dejar de ser un equipo ‘tóxico’.
