Marcelo Bielsa es uno de los nombres propios del día. Tras su ascenso con el Leeds, sus incondicionales seguidores han vuelto a encumbrarle como una especie de rey midas, inventor del fútbol y muchos calificativos más que otros entrenadores ni sueñan escuchar tras éxitos similares.
Es cierto que el proyecto del Leeds está marcando tendencia, pero al final lo único que ha conseguido el técnico argentino es un ascenso a la Premier League. Bielsa es ese tipo de entrenadores que no deja indiferente a la crítica, separando entre incondicionales a su causa y críticos feroces. O te gustan sus métodos, o te cansa tanto postureo, no hay término medio con él.
Marcelo Bielsa siempre ha tenido una especie de aura divina que ha elevado a los altares sus éxitos, a la vez que sus fracasos han quedado diluidos. Un entrenador de los que crean escuela y en los que el ‘cómo’ muchas veces vale más que el ‘qué’.
Si consigue convencer a un vestuario, puede crear un equipo imparable como ha demostrado varias veces, pero sus métodos también suelen generar hartazgo en los jugadores, que pocas veces consiguen mantener a largo plazo el nivel de excelencia y exigencia al que obliga cada día el entrenador argentino.
En definitiva, Marcelo Bielsa personifica el debate entre los puristas del buen fútbol y los prácticos del resultadismo. Cuando el técnico argentino conjuga ambas variables como en el caso del Leeds, sus éxitos trascienden, pero no debemos olvidar que no siempre es así. Durante este sábado se está hablando más de Bielsa que del Leeds. Los focos son para el entrenador en lugar de para los jugadores o el equipo, algo que para descarga del técnico hay que decir que también ocurre en las malas. Apostar por Bielsa es apostar por una idea y saber que morirá por ella. Cuando sale bien, es capaz de lograr la perfección, y eso le convierte en un entrenador único en su especie pero algo sobredimensionado en sus éxitos.