La Liga
Luis Suárez se convirtió ayer en el salvador del FC Barcelona ante el Atlético de Madrid. El delantero uruguayo consiguió dos goles que cambiaron el escenario de la eliminatoria de cuartos de final de la Liga de Campeones que enfrenta a los dos clubes españoles.
Pero el comportamiento del uruguayo en el terreno de juego recordó negros episodios de su pasado. Por ejemplo, aquel mordisco a Chiellini en el Mundial de Brasil o el anterior a Ivanovic en la Premier League, que acarrearon duras sanciones. Sin ese espíritu canibalesco, Luis Suárez agredió ayer sin balón a Juanfran y Filipe Luis en dos momentos diferentes del partido.
Estas dos acciones, no vistas o vistas con benevolencia por el equipo arbitral, pudieron significar su expulsión y perjudicar gravemente al FC Barcelona. El resultadismo suele tapar casi todos los errores, pero tanto los responsables del club blaugrana como Luis Enrique deben tratar seriamente el asunto con el jugador uruguayo.
La aportación de Suárez al equipo ha sido esencial en el último año y medio. Su capacidad rematadora contrasta con los excesivos adornos de Neymar, que casi desconoce el juego al primer toque. Y su presencia en el área permite a Messi retrasar su posición en el campo sin que el equipo pierda peligro ante la portería rival.
Luis Suárez reconoció públicamente que un psicólogo le había ayudado a entender mejor sus problemas y a controlar su carácter en el campo. Episodios como los de ayer evidencian la inestabilidad psicológica del uruguayo en situaciones de presión. Suárez vuelve a dar trabajo al psicólogo. O al menos, debería dárselo por su bien y el del Barça.
