La Liga
Desde su llegada al banquillo del Real Madrid, Zinedine Zidane ha manejado cuidadosamente su plantilla. La cantidad y la calidad de sus jugadores exige una toma de decisiones con precisión quirúrgica. El entrenador francés ha alcanzado un equilibrio casi perfecto con los únicos lunares de Álvaro Morata y James Rodríguez, dos grandes jugadores que no conciliaron con su política de rotaciones. En cualquier caso, la empatía de Zidane con la plantilla del Madrid ha sido la clave de su éxito.
Sus decisiones respecto a Gareth Bale suponen su último gran acierto. Zidane no ha cedido al populismo de la grada, siempre impaciente con las estrellas y deseosa de que nuevas caras reemplacen a los jugadores más veteranos, aunque éstos hayan contribuido notablemente a los éxitos del equipo en el último lustro.
Bale apenas participó la pasada temporada debido a las lesiones. Tras su reaparición, la impaciencia con su discreto rendimiento generó una presión desmedida. Pero Zidane, experto en la élite como jugador y entrenador, sabía lo que Bale y el Madrid necesitaban.
La paciencia con el jugador galés ha creado un doble efecto: Marco Asensio crece de forma pausada pero estable y Bale ya es reconocible en el terreno de juego. Gareth exhibe su tradicional verticalidad, velocidad y capacidad de definición. Unas cualidades que le convierten en uno de los mejores jugadores del mundo y que son especialmente idóneas para un equipo directo como el Real Madrid.
El club blanco debe preservar a uno de los mayores activos de su patrimonio deportivo, y a ello está contribuyendo Zidane. El técnico francés no exigió a Bale un rendimiento inmediato, se alejó de las críticas y pensó a largo plazo. El tiempo le está dando la razón.
