La Liga
Las primeras eliminatorias de la Copa del Rey suponen una trampa deportiva para los jugadores de grandes clubes habitualmente suplentes. Ante un rival de inferior categoría, se crea la exigencia moral de golear, y cualquier otro desenlace da lugar a una valoración negativa sobre el potencial de los protagonistas.
La titularidad de Malcom ante la Cultural y Deportiva Leonesa era un anhelo social y mediático. El extremo brasileño, por quien el FC Barcelona pagó 41 millones, apenas había jugado 25 minutos antes del partido de Copa del Rey celebrado ayer en León.
El Barça, con ocho suplentes habituales y tres jugadores del filial, no dominó al equipo local, que milita en Segunda B, a pesar de la victoria (0-1). Malcom, con escaso ritmo de competición, formó parte de un bloque improvisado y sin automatismos consolidados, construido principalmente para conceder descanso a los protagonistas habituales.
Juzgar o condenar a Malcom por su discreta actuación de ayer resulta precipitado. El extremo brasileño es rápido, explosivo y posee un disparo efectivo. Merece más crédito en el Barça, aunque sus condiciones no encajen con las preferencias de Valverde.
