La Liga
Reconozco haber sido muy crítico con Zinedine Zidane. Desde el primer minuto y sin darle un margen de confianza, fui tremendamente destructivo con el actual técnico del Real Madrid. No me gustó lo que ocurrió con su licencia tiempo atrás, ni tampoco los elogios que recibió de su nueva plantilla tras la salida de Rafa Benítez. Y me sigue costando reconocer sus méritos, para qué nos vamos a engañar, pero debo decir que lo está haciendo muchísimo mejor de lo esperado.
Su Madrid no es el mejor equipo de la historia, a nivel de juego combinativo deja bastante que desear y pienso que con los jugadores que tiene podría jugar ‘a otra cosa’, pero no se le puede negar que haya construido un bloque ganador y muy competitivo. El equipo tiene el sello que él ha querido que tenga, y una Champions, una Supercopa de Europa y un Mundial de Clubes le avalan.
Su gestión de los egos es perfecta. Como exjugador que es, -y debo reconocerlo, aunque me cueste-, Zidane conoce perfectamente qué sienten ciertos jugadores, y está consiguiendo que casi todos estén a gusto y motivados para el final de curso. Además, el entrenador galo está consiguiendo algo tremendamente complicado: que suplentes y reservas ganen partidos los días, -intermitentes-, en que tienen minutos.
A su vez, no se le puede restar mérito a su influencia táctica en el juego del Real. Simplista y hasta cierto punto arcaico, Zizou y su cuerpo técnico han dotado al primer equipo blanco de un orden organizativo y de una solidez defensiva al alcance de pocos equipos europeos. Y en ataque, ya sea a nivel de centros laterales, -es el equipo de España que necesita menos envíos al área para marcar-, o de acciones a balón parado, su trascendencia es más que determinante. Y actualmente, para ganar, le basta.
