La Liga
El Celta de Vigo celebra su supervivencia en la Europa League. Por el contrario, Athletic de Bilbao y Villarreal sufren la decepción propia de la eliminación. En los dos últimos casos, la realidad invita a formular una pregunta: ¿merece la pena jugar esta competición?
Probablemente, el Sevilla no tenga ninguna duda al respecto, ya que la Europa League ha sido la base de su crecimiento deportivo en la última década. Sin embargo, la trayectoria del equipo hispalense ha sido excepcional. La segunda competición europea de clubes supone una saturación de partidos que sólo esconde una recompensa apreciable para los dos finalistas.
La supremacía de la Liga de Campeones desplaza esta competición a los jueves, reduciendo el período de descanso previo a los encuentros de Liga que se disputan el fin de semana. Además, el formato de la Europa League resulta desalentador. Los equipos participantes deben disputar 14 partidos para alcanzar la final. Incluso, esta cifra se incrementa para los clubes que juegan la fase previa.
Ante esta situación, existen dos vías: sacrificar la trayectoria en la Liga nacional o utilizar la Europa League como una competición de suplentes. La acumulación de partidos resulta especialmente nociva para estos equipos, cuyas plantillas ofrecen alternativas limitadas al teórico once titular. De hecho, algunos clubes españoles han descendido a Segunda División en estas circunstancias.
Actualmente, la Europa League es una competición masificada, tremendamente exigente por el número de partidos y excesivamente marginada por la Liga de Campeones (a diferencia de lo que sucedía anteriormente con la Recopa y la Copa de la UEFA). La asociación que rige el fútbol europeo debe instaurar un formato más atractivo para los equipos no elitistas que sueñan con competir a nivel internacional.
