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El deporte y la noche son una sociedad disfuncional para el camino recto o correcto.
El deporte, más asociado con la rectitud y la disciplina, sumando el profesionalismo, generan una combinación que difícilmente tenga lados oscuros o letras pequeñas. Es decir, que entre ambas combinaciones, el deportista activo debería cumplir una serie de condiciones imprescindibles para llevar una vida sin sobresaltos y poder rendir, no solamente al máximo, sino aún más todavía.
En los últimos días, dos casos relacionados con la noche han tenido en algún ángulo al fútbol, uno en sentido luctuoso y el otro más en el crítico.
El primero que hablamos es el lamentable hecho acontecido con Salvador Cabañas, jugador del América mexicano. A las 5.30 de la madrugada, tras un partido, recibía un balazo en la cabeza en un bar de la Ciudad de México.
Automáticamente, la pregunta, por lo menos en mi caso, obligada: "¿Qué hacía allí a esa hora?". Es decir, los riesgos (de todo tipo) se potencian al entrar la noche, con todo el entorno que esto implica.
A su vez, el periódico italiano Corriere della Sera publicaba un informe sobre la vida de Ronaldinho, quien organizó tres fiestas consecutivas en un lujoso hotel de Milán, tres noches antes de jugar el clásico milánés con el Inter.
Es decir, es de público conocimiento la relación intrínseca futbolista - noche, pero cuando esa vida roza con lo profesional o influye de alguna manera, creo que estamos haciendo lo incorrecto.
Estos dos casos, con miles que no salen a la luz, chocaron con las carreras de ambos y en el caso del paraguayo, puso un coto difícil de surcar, donde hasta su vida (no sólo su carrera) está en riesgo.
Realmente no entiendo, en primer lugar, cómo se complementa una vida nocturna, donde los vicios están a la orden del día, con el deporte y además, como tienen la vía libre para organizar esa vida a puro antojo.
Esta etapa del profesional es una de las tantas que está convirtiendo al fútbol en un juego "no-deportivo" o por lo menos a sus jugadores en "no-deportistas".




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