Boca - River, un superclásico, superdevaluado
Falta menos de una semana para que se juegue el superclásico argentino enfrentando a los dos equipos más grandes: Boca y River. La cita será en la Bombonera el próximo fin de semana y por primera vez, ambos equipos llegan de la peor manera al partido más importante del año.
Falta menos de una semana para que se juegue el superclásico argentino enfrentando a los dos equipos más grandes: Boca y River. La cita será en la Bombonera el próximo fin de semana y por primera vez, ambos equipos llegan de la peor manera al partido más importante del año.
Desde hace tiempo, ya, tanto Boca como River dejaron de ser, futbolísticamente, claro está, los dos equipos más grandes. El crecimiento desmedido de los equipos llamados chicos, canteras mediante, igualaron y hasta por qué no, superaron el cerco monopólico futbolístico de ambos dueños del balón en Argentina y, con la filosófica frase argentina "lo atamos con alambre" (para demostrar que el argentino se arregla con lo que tiene a mano), pudieron superar, y hasta con creces, sus propios límites.
Hoy, los representantes argentinos por el mundo acabaron siendo Estudiantes de La Plata en el Mundial de Clubes; o Banfield, hoy día en la Copa Libertadores. Lanús y Vélez... Equipos que no cuentan con una infraestructura histórica para desarrollarse como los hacedores de ídolos por excelencia en la Argentina, aunque sí cuentan con una gran trabajo base de inferiores que respalda este presente.
Con este panorama, incandescente para algunos, los dos equipos más grandes (y podríamos englobar también a Independiente y Racing) se presentan en el fútbol actual argentino con una tarjeta de presentación de ya no sorberbia histórica que los caracterizaba, sino hasta piden permiso, si no es que acaban siendo expulsados, de la fiesta grande del fútbol argentino.
El punto común más expuesto y cercano que manejaron ambos equipos para alcanzar este prototipo de ruina, son sus dirigencias. Es decir, el éxito o no dirigencial depende en un 95% o más, de los logros deportivos, y en Argentina, más que nada, futbolísticos. Y ambos equipos, están en la ruina.
Durante la presidencia Aguilar, en River, el equipo millonario alcanzó un solo título a nivel local, pero la característica esencial que representó a ese preciso River fue la carencia de ídolos y una repatriación de grandes glorias sin conciencia ni consecuencia. Por ejemplo, de un Ortega que está en su peor momento; de un Almeyda con necesiades económicas y dos años de inactividad profesional; de un Gallardo que tras su paso por la MLS, se olvidó por completo de la grandeza que se necesita para vestir la camiseta millonaria; ellos, sumados a lo poco que hay acá, arroja como resultado un desastre futbolístico. Este equipo sin alma, comparable con el que salió en el último puesto en 2008, es el actual River.
Por el lado de Boca, defiende y apaña a sus dos máximas joyas: Un Palermo inmortal, único con hambre de un debutante y la experiencia de un gran ídolo; y Riquelme, aquel que supo darle élite al fútbol rústico y característico de Boca. Aquella mano sabia de Biachi, ganador de todo, quedó solamente en el recuerdo. Hoy hay jugadores que no merecen siquiera, vestir la camiseta xeneize. Pero lo más doloroso, es encontrar a un presidente (Jorge Amor Ameal) tan poco mediático, carismático y enérgico. Aquella era revolucionaria de Macri ya no existe. El presente es un desmembramiento de la esencia misma de Boca y la conversión de un grande que se derrumba ante la pasiva mirada de sus responsables.
Así llegan ambos al superclásico, dentro de un marco donde el fútbol argentino mismo se cae a pedazos. Aquellos marcos de fiesta y expectativas quedaron en la alcoba del abuelo esperando por el regreso de aquellos gloriosos tiempos. Hoy, el Boca y River sirve solamente para que el folklore, único sobreviviente de la gran pasión del superclásico, siga aún con vida.





















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